Lo mejor de la semana: EA otra vez, demandas idiotas, secuelas de clásicos de a toneladas.

Esto es de esos fines de semana que de vez en cuando tocan en el año, de esos donde uno comienza el lunes con la sensación que no hubo corte de por medio y que el viernes fue algo que sucedió hace unas pocas horas y no dos días atrás. ¿Vieron cuando los invitan a un lugar donde deben ir, saben que la van a pasar muy bien, van a ver gente que quieren mucho y aún así no tienen ni un miligramo de ganas de moverse del calor de sus casas? bueno eso, primero el viernes por la noche, donde mi preciosa sobrina cumplió 15 bellísimos años, compromiso infaltable, pero claro las diferencias de edad con la gran mayoría de la concurrencia pesaba mucho. Recuerdan cuando sus papás les decían ¿cómo puedes escuchar esa mierda de música? , exactamente eso, mi cabeza volvió a mi hogar hecha un nudo de regeatton, Wachiturros --que según me cuentan por acá parece ser la banda cabecera de nuestra compañera Marilin Gonzalo-- y Culisueltas, y si no saben de que estoy hablando, Youtube los va a desasnar, no pienso poner un sólo link para promocionar semejante basura. La cosa es que no contento con eso, al otro día tenía otro compromiso, un compañero laboral con el que compartimos hace 15 años tareas cumplía su cuadragésimo aniversario y lo hizo tirando la casa por la ventana, fiesta de los 80 llena de un montón de gente mayor pasando vergüenza --entre los que me incluyo-- en una pista de baile al ritmo de las más pegadiza canciones de esa década infame. Para mal de males, hace unos años existe una horripilante tradición en mi país en este tipo de fiestas, una costumbre que rebaja al individuo a uno de esos estados instintivos de los que no hay vuelta atrás, donde el ser humano aflora en un tsunami de ridiculez e idiotez ahogando en un mar de vergüenza ajena a cualquier persona que tenga la desafortunada oportunidad de observar el video de la fiesta en cuestión. Dicha tradición se llama Carnaval Carioca y consiste en poner una serie de pseudoéxitos de la música brasileña que, se los juro, son exactamente los mismos que vienen sonando en cada puta fiesta desde hace más de veinte años. No contentos con eso, se distribuye entre la concurrencia una serie de parafernalias tales como gorritos, serpentinas, anteojos o gafas ridículas, cornetas, silbatos y matracas. todo eso para que la ridiculez no se sienta sola y se vea acompañada del peor de los gustos. Así que luego de integrar tan pintoresco grupo armando trencitos y haciendo pasos que serían la envidia de un epiléptico en pleno ataque, volvía a mi casa desde el culo del mundo --porque encima la fiesta era a una tonelada de kilómetros de mi hogar-- absolutamente destruido. Y así en ese estado estoy pretendiendo terminar este resumen, así que suerte para ustedes si logran leer algo más o menos coherente.

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Y así estamos, yo me voy a dormir, ustedes sigan haciendo lo que quieran, pero por favor no hagan ruido.