Momentos memorables (II): Nintendo 64 y Mario 64


La semana que IGN está dedicando a recordar la Nintendo 64 con motivo de su aniversario me ha llevado a retomar la serie de post sobre momentos memorables que inicié con Haven, Call of the King. Os recuerdo que no se trata de hacer mención a juegos sobresalientes (aunque en muchos casos los reseñados en esta serie de post lo sean) sino a momentos sobresalientes relacionados con los videojuegos. Aquellos detalles que se nos quedaron marcados por ser algo que no habíamos experimentado nunca o porque aparecieron de forma especial en un momento determinado de nuestras vidas. Aclarado el tema vamos al lío.

Según una noticia publicada en el CTW inglés, Nintendo ha firmado un acuerdo con Silicon Graphics (la compañía que diseñó los ordenadores en los que en los que se crearon los efectos de la talla de Parque jurásico o T-2, para llevar a cabo una súper máquina de 64 bits. De momento, poco más.

Esta es la nota de prensa que encabeza una abultada carpeta que aún conservo llena de artículos y reportajes con todo lo referente a Nintendo 64, desde su gestación hasta su salida a la venta en España. Dicha carpeta está repleta de páginas y recortes, pero también de toneladas de ansiedad. En su cubierta se puede leer escrito con mi letra: Dossier N64, 23-agosto 93, 15-marzo 97.

Recuerdo que tras innumerables retrasos (se comentaba de forma chistosa que Miyamoto tenía que probar cada consola personalmente antes de que saliera a la venta) el mágico día llegó. La imagen resultó curiosa, una riada de cientos de personas se dirigía en solemne procesión hacia una mega fiesta universitaria, mientras, un sólo individuo caminaba a codazos en sentido contrario abrazado fuertemente a una enorme caja. Lo han adivinado, aquel loco, el único joven en la ciudad que no se acostó borracho aquella noche, era yo.

Ni que decir tiene que la espera valió la pena. A pesar de que enchufé el ansiado invento a la típica mini tele que solía haber en todo piso de estudiante, la pequeña pantalla se iluminó dando paso a un universo de color y nuevas sensaciones.

No había visto nada igual. Mario 64, el cartucho que inauguró la consola, me recibió con una cara renderizada en tiempo real con la que podías interactuar. Pero lo mejor estaba por llegar, un mundo en auténticas 3D se abría ante mí con una solidez y belleza inéditas hasta entonces. Nunca olvidaré esos primeros momentos, después vendría una aventura casi inabarcable, pero lo que se mantiene vívido en mi recuerdo son los quince minutos que tardé en traspasar las puertas del castillo que permitían comenzar la aventura.

El jardín que precedía al juego propiamente dicho era un patio de recreo donde el jugador aprendía un nuevo lenguaje interactivo, y lo hacía sin darse cuenta, jugando. Durante ese cuarto de hora me dediqué a saltar, corretear entre las flores, subir a un árbol y hacer el pino en su copa, bucear rodeado de pececillos… Después de muchos años me doy cuenta de que aquello era un tutorial sin ninguna explicación. No hacía falta porque alcanzaba su objetivo a través de la curiosidad del propio jugador. De lo que sí fui consciente en aquel momento es de que, por primera vez, los videojuegos tenían la posibilidad de luchar ante la sociedad por ser considerados como una expresión artística.

Después de la salida al mercado de Mario 64 vendría mucho ruido y aún más nueces: el famoso final del análisis del juego en Hobby Consolas donde se negaban a puntuarlo porque, comentaban, hubiera sido como decir que con Casablanca o Blade Runner , simplemente se pasaba el rato; el reconocimiento de que Mario 64 se había convertido en un A, B, C para los estudios de desarrollo a la hora de crear mundos 3D; la unanimidad de la crítica de aquel entonces considerándolo como mejor juego de todos los tiempos, etc, etc, etc. Daba igual, eran palabras dichas por otros. Mario 64 era una experiencia para vivirla de forma personal, y yo tuve la suerte de estar allí.

Seguro que muchos de vosotros también estuvisteis allí, o en la muerte de Aeris, o en la primera partida a Panzer Dragoon, o en la primera conversación por codec, o en la abadía del crimen, o en aquella primera carrera con Sonic,… ¿Sabéis qué?, somos unos privilegiados.