Hace muchos años el gigante Groucho Marx escribió una especie de autobiografía llamada Memorias de Un Amante Sarnoso donde contaba en un tono de muy buen humor los vericuetos que lo llevaron desde los arrabales de Nueva York en el seno de una paupérrima familia judeo-americana pasando por los vodeviles más roñosos hasta alcanzar la fama mundial. Lejos estoy yo de tener la genialidad y el estilo que tenía Groucho pero voy a tratar de darles un paneo de lo que es ser un jugador que ya echa canas pero que nunca perdió un ápice de entusiasmo frente a una pantalla poblada de pixeles que responden al estímulo de varios dispositivos, algunos de sugerente formas fálicas que normalmente llamamos mandos, joysticks, pads o el nombre de turno. Así que señores hagamos un poco de memoria antes de las pocas neuronas que todavía me responden dejen de hacerlo y no recuerde siquiera por qué me senté frente a este teclado.

Nací a inicios de 1970 en la punta del hemisferio sur del planeta, en una familia de clase media bastante baja. Más precisamente en Buenos Aires, Argentina, país y provincia que compartimos con Daniel Belvedere, aunque a mi me tocó pisarlo un poco más temprano, cinco años antes precisamente. Los 70 no fueron una década exactamente feliz en mi sufrida patria, luego de venir de un par de dictaduras, un endeble y temporal gobierno democrático que esperaba al único prócer vivo y salvador de la nación, el General Juan Domingo Perón. Quizás uno de los últimos bastiones vivos de un modelo de mundo que ya había desaparecido donde se exacerbaban los nacionalismos más salvajes. Básicamente la llegada del viejo, o el Pocho como le decían algunos desató un infierno que se venía cocinando a fuego lento desde hacía un par de décadas terminando en la más salvaje dictadura que los argentinos tenemos en la memoria. Resultado, varias decenas de miles de muertos y desaparecidos, una horripilante guerra, un retraso cultural y tecnológico digno de cualquier país del África más explotada y un desastre económico tal que hoy en día seguimos temblando ante cualquier movimiento inflacionario.

Imaginen este escenario para alguien al que la ciencia, la tecnología y la lúdica por sobre todo lo atraían como las flores a las abejas. Un desastre. Lo cierto es que hasta que no tuve unos 10 años de edad no tuve contacto con un videojuego que se precie, y en la situación económica en que nos encontrábamos comprar un Atari 2600 o un Telematch --la versión local de Pong-- era imposible. Con lo cual uno andaba haciendo pseudoamistades con aquellos a los cuales su bolsillo o el bolsillo de sus tíos que se habían exiliado en el extranjero, le permitían tener alguno de estos tesoros. Así pasé gran parte de mi infancia, mendigando tecnología. Recuerdo muy claramente a un ex compañero de primaria, Gustavo, que en 1982 retornaba al país debido a la guerra de Malvinas, estaba previamente viviendo en el Reino Unido junto a su familia ya que su padre era agregado militar en la embajada argentina en dicho país y, como decíamos, a causa del conflicto armado tuvieron que retornar para estos lares. Lo cierto es que llegó al país no sólo él sino que una serie de juguetes eléctricos y electrónicos que en mi vida había visto y que me conquistaron de inmediato. Uno de ellos era un adorable jueguito de naves espaciales multiplayer por lo que recuerdo a base de leds que causó un increíble revuelo en el colegio donde hacíamos cola para jugar una partida y tratar de ganarla porque obviamente corría la sagrada y primordial regla de "ganador queda en cancha". Lamento no acordarme ni siquiera algo del nombre del jueguito para poder ponerles una imagen de las que seguro hay dando vueltas por la red.

Lamentablemente, aunque si lo pensamos en frío, afortunadamente la guerra de Malvinas fue tal desastre que a la terrible dictadura le empezó a temblar el suelo, o sea, a los miles de niños de apenas 18 años recién cumplidos que mandamos al matadero no sólo le debemos el hecho que hayan sido héroes indiscutibles en un combate totalmente desigual sino que encima con su sacrificio logramos sacarnos de encima, disculpen la falta de etiqueta, a los reverendos hijos de puta que nos teníamos de gobernantes. Y así fue como en 1983 llegó al fin la tan deseada democracia, esa que el año que viene cumple 30 lujosos años, con sus vaivenes y sacudones pero más fuerte que nunca. Casualmente fue ese año el mismo en el que comencé la escuela secundaria. Tengo la suerte de haber concurrido a uno de los mejores colegios técnicos que se cuentan en el país y que lamentablemente no es tan conocido como uno deseara, la Escuela Técnica Nº 3, República de Venezuela. El colegio es un monstruo con dos gigantescos tinglados llenos de talleres de tornería, fundición, hojalatería, ajustes, mecánica y carpintería, un cuerpo de una treintena de aulas, un precioso gimnasio y un bloque de seis pisos de laboratorios de electricidad, electrónica, química, física y hoy informática. Y se que me olvido de cosas, pero lo que se es que realmente me siento tremendamente afortunado por el lugar donde pasé una de las etapas más lindas de mi vida. Allí no sólo aprendía las bases de las matemáticas, física y química que tanto me atraían, sino que además conocía a un grupo de enfermos por los videojuegos tanto o más fanáticos que yo y que se cuentan hoy día entre mis mejores amigos.

Entre 1983 y 1984 la horas entre el turno mañana al que concurríamos a los talleres y el turno tarde a donde íbamos a clases teóricas estaban destinadas para almorzar, contrariamente a lo que nuestros estómagos dictaban usábamos el dinero que nos daban para la comida y el tiempo para la misma para perderlo jugando a los distintos locales arcades que había cerca al principio y más lejos después por reglamentaciones municipales. Lo peor era cuando algún funcionario deseoso de hacer cumplir la ley pensaba que esos lugares eran antros de perdición --eufemismo en realidad para justificar que no habían pagado el soborno suficiente-- y los cerraban por un tiempo hasta que volvían a abrir unas semanas después luego de haber llegado a un arreglo de dine....¡ejem! de caballeros con las autoridades municipales. Lo cierto es que ahí vi y jugué por primera vez los juegos que hoy más disfruto en MAME de los cuales tengo el más grato recuerdo. Por ejemplo estaba el Karate Champ primer juego de lucha que tuve el placer de jugar y disfrutar, y ahora que lo recuerdo casi el único del estilo que realmente fui capaz de dominar. También vi por primera vez en mi vida Arkanoid y gente que lo manejaba con una maestría tal que llegaban hasta el final y se dejaban perder en la última pantalla para hacer la mayor cantidad de puntos posibles. También había máquinas realmente raras que uno no entiende como llegaron hasta literalmente el culo del mundo como es la localidad de Merlo, Buenos Aires tales como Psychic 5 un oscuro pero tremendo juego de plataformas que no conoce casi nadie. Pasé tantas horas en esos locales de videojuegos que hoy día tengo sueños recurrentes que todavía paso por ellos y me juego alguna ficha.

Así pasaron los años hasta que en el verano sureño entre 1984 y 1985 conseguí mi primer trabajo fijo de empleado en una zapatería de damas y durante 3 meses junté el dinero suficiente, bueno no el suficiente pero casi, para comprar mi primer computadora o como les gusta decir a ustedes mis amigos ibéricos, microordenador personal, una Zx Spectrum. Y he aquí que comienza mi verdadera historia como jugador empedernido y lo que marcaría definitivamente a lo que iba a dedicarme el resto de mi vida, pero eso lo dejamos para el próximo capítulo. Probablemente la mitad se haya aburrido y ni siquiera haya llegado hasta acá, lo cierto es que espero que aquellos que lo leyeron se sientan de alguna manera identificados y sepan entender como es que se descubre una pasión y se vive el resto de su vida aferrado a ella.