La fórmula del éxito de Pokémon

Cada vez que comento entre mi grupo de amigos que me encantan los juegos de la saga Pokémon me miran con suspicacia. Algunos incluso se ríen de mí, pobres ignorantes. Espero que vosotros, estimados lectores, no seáis de los que subestiman el poder de adicción y entretenimiento en estado puro que desprenden los Pokémon. La fórmula de su éxito debería estudiarse en las mejores universidades del mundo. ¿Cómo si no iba a conseguir un juego más de un millón de reservas un mes antes de su lanzamiento? ¿Acaso títulos más respetables han conseguido tener programas de televisión, series de animación, varios parques de atracciones o incluso una tienda dedicada en el Rockefeller Center de Nueva York? Tan solo recuerdo un estado febril similar alrededor de un videojuego y se llamaba Dragon Quest. Precisamente, una de las principales fuentes de inspiración de la saga Pokémon.

Pokémon fue una saga que nació sin pretensiones, ni siquiera la de convertirse en una saga. Sus creadores (Satoshi Tajiri y Ken Sugimori) comenzaron escribiendo en una revista llamada Game Freak, dedicada a los videojuegos y al manga. Paralelamente, se ganaban la vida probando juegos para otras revistas. Al poco tiempo de fundar su revista, apareció la pequeña Game Boy y el periférico Game Link Cable, que permitía conectar una portátil a otra. Tajiri tuvo la idea de crear un juego en el que pudieses coleccionar monstruos e intercambiarlos de una consola a otra. Una de sus pasiones era la colección de insectos, algo que le influyó claramente a la hora de diseñar el juego.

Mientras que la idea principal del concepto de juego era de Tajiri, Sugimori se dedicaba a la parte artística, el diseño de los monstruos y escenarios. Decidieron hacer que Game Freak se convirtiese en una compañía y enviaron su propuesta a Nintendo. El propio Shigeru Miyamoto se interesó por la idea y sugirió algunas propuestas para mejorar el juego. El desarrollo casi cinco años, debido a los escasos recursos con los que contaba Game Freak. Pero finalmente, en 1996 pudieron sacar el juego a la venta en sus dos primeras versiones: Pocket Monster Aka and Midori (más tarde conocidos en Europa como Rojo y Verde). Al principio no tuvo demasiado éxito ya que, a falta de una campaña de marketing, el primer Pokémon tuvo que darse a conocer de boca en boca. Pero el concepto fue tan cautivador que tras el primer año en el mercado, logró alcanzar el millón de unidades. Obviamente, este éxito no pasó desapercibido a Nintendo, que decidió exportar la franquicia a Europa y Estados Unidos, donde arrasó. El resto, ya es historia.

Dragon Quest, uno de los precursores de la saga Pokémon

Pero volvamos a la fórmula del éxito de Pokémon. ¿A qué se debe que millones de personas en todo el mundo se apasionen de tal forma con un videojuego hasta el punto de formar parte de la cultura popular? Como decía, una de las principales influencias de Pokémon fueron Final Fantasy y Dragon Quest. Sobre todo este último. En 1992 apareció para la Super Nintendo un fantástico RPG llamado Dragon Quest V: The Heavenly Bride. Un título que nos llegó hace apenas unos meses reversionado para Nintendo DS y que os recomiendo encarecidamente. En el juego desarrollado por Enix (entonces aún no formaba parte de Square) se introdujo un concepto revolucionario hasta entonces: el héroe era capaz de reclutar a los enemigos y hacer que le siguieran en su aventura, formando parte del equipo de personajes. Podíamos equiparlos con nuevas armas y armaduras y hacerlos subir de nivel, como a cualquier otro personaje. Este fue un concepto que encantó a los aficionados, pues de repente tenían un RPG cuyo abanico de personajes seleccionables abarcaba toda la fauna de monstruos del universo Dragon Quest.

Años más tarde, este concepto se trasladaría a la saga Dragon Quest Monsters, pero Pokémon ya había tomado las bases para refinarlo y convertirlo en una fórmula de éxito. Efectivamente: la primera clave está en el coleccionismo. Más allá de la historia, los juegos de Pokémon te animan a hacerte con todos, el eslogan con el que promocionó su franquicia en Europa y EEUU. Simplificando mucho su mecánica, los juegos se basan fundamentalmente en recorrer todos los rincones del mundo para tratar de completar la Pokédex y así completar nuestra colección. Tajiri plasmó en un videojuego su afición como coleccionista de insectos, pues una vez capturados los Pokémon podíamos ver su ficha completa, escuchar su grito, su hábitat natural… igual que en cualquier enciclopedia. Del mismo modo que ocurre en cualquier colección, había Pokémon más raros y exclusivos que otros, lo cual incrementa el mérito de su captura. Si habéis coleccionado cromos, sellos o cualquier otra cosa, entenderéis que la diversión no está en el objeto que coleccionas sino en el proceso de encontrarlos e ir completando tu colección.

Entrenador Pokémon

Pero eso no es todo, por supuesto. Otra de las claves de este éxito se basa en el intercambio. ¿Qué sería de un coleccionista sin poder intercambiar sus artículos repetidos con otro que comparta su afición? Nintendo y Game Freak fueron lo suficientemente astutos como para diseñar el juego “partido en dos”. De este modo, había Pokémon únicos para cada versión, lo que provocaba que debíamos encontrar a alguien que tuviese los Pokémon que eran imposibles de conseguir en nuestro cartucho y proponerle un cambio.

Aún nos queda un último ingrediente indispensable: la evolución. Si tan solo nos animasen a “cazar y coleccionar”, el jugador vería a los Pokémon como simples objetos que una vez capturados se quedaban almacenados en el PC de Bill para engrosar su catálogo. Hace falta un deseo de jugar y superarse a uno mismo para que no perdamos el interés. Los Pokémon evolucionan al subir de nivel, así que tenemos que hacer lo posible por llevarlos con nosotros de aventuras, hacerlos combatir y entrenarlos. Porque al evolucionar, nos ayudarán a completar los huecos que nos faltan en la Pokédex. Incluso hay Pokémon que evolucionan al intercambiarlos, con lo que ya tenemos un cóctel mortal de adicción en estado puro.

Para mí, estas son las principales claves del éxito de esta saga. No olvidemos que se trata de juegos RPG japoneses, aunque tengan poco que ver con un Final Fantasy a primera vista. El concepto fundamental está intrínseco en su mecánica y cumple con su cometido: el jugador se siente realmente un entrenador de Pokémon y desea coleccionarlos, combatir con otros entrenadores de carne y hueso consola en mano y hacer un equipo capaz de ganar a cualquiera. Por eso hay torneos internacionales, eventos en los que conseguir Pokémon únicos o cientos de miles de páginas de fans. El universo del juego traspasó desde su primera entrega la frontera entre la pantalla de la consola y el mundo real, mezclando de forma indisoluble ambas realidades. Algo que solo han sido capaces de conseguir unos cuantos títulos a lo largo de la Historia.

Escribo este artículo tras aburrirme de jugar a Pokémon: Edición Oro Heart Gold para Nintendo DS. Y sí, he terminado aburriéndome… pero tras más de 90 horas de juego. Si un videojuego es capaz de mantenerte enganchado durante noventa horas sin cansarte, es una de las mejores inversiones que puedes realizar. Otros títulos de mayor renombre apenas me han mantenido entretenido durante un par de horas antes de aburrirme y querer dejarlo para otro día.

Combate Pokémon

Si preguntáis por ahí, las críticas a los juegos de Pokémon (dejando a un lado la serie y todas esas pamplinas) siempre van dirigidas a lo mismo: “Son juegos para críos”. Pero esto os lo dirá quien no haya jugado. Quien le haya dedicado sus horas a un Pokémon os dirá que no importa que la historia sea irrelevante o que no tiene sentido que todos los habitantes del universo Pokémon viva por y para los pequeños monstruos domesticables. Tiene esa mezcla de ingredientes que te mantiene enganchado a la consola hasta que no puedes más. Por eso, da igual que las novedades introducidas con cada versión sean mínimas. Los combates siempre tienen la misma pinta, las animaciones podrían ser mejores y el sonido dejará mucho que desear. Pero si algo funciona y lo hace tan bien, ¿para qué tocarlo?