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Recuerdo la sensación que experimenté la primera vez que eché un vistazo a Max Payne 3. Fue como si alguien entrase en la oscuridad de mi habitación y conectase un foco de potencia indecible que apuntase directamente a mi cara. Aquel Max calvo, sucio y barrigón que disparaba a narcos brasileños apostado entre palmeras fue cuanto menos de lo más chocante que nos haya traído el retorno de saga alguna.

Cuando la tercera parte de la serie se anunció por sorpresa para finales de este mismo año, nuestra excitación por tener a Max de vuelta no podía ser ocultada. Sin embargo, el recapacitar en lo que suponía que Remedy no se encargase de finiquitar la trilogía y el hecho de que entre el anuncio en sí y el lanzamiento del producto no distasen más de 8 meses (sin indicios previos de que el desarrollo estuviese muy avanzado), empezó a minar ánimos y derrocar expectativas. Las mismas que terminaron siendo demolidas con la publicación de las primeras imágenes.

¿Max Payne protagonizando una carnaza soleada bajo el motor de Grand Theft Auto? No es algo que inspire confianza a ningún fan de las dos anteriores entregas: poéticamente dramáticas y como consecuencia oscuras, muy oscuras.

Así, algunos ingenuos aún pensamos que el reciente anuncio por parte de Take-Two que retrasa el lanzamiento del juego para algún momento entre agosto y octubre de 2010, creará un abanico temporal que permitirá a Rockstar otorgar a Max Payne aunque sea un poco de la dignidad que ha perdido en las scans vistas hasta la fecha. Dignidad que, en todo caso, sólo deberían haberle arrebatado legítimamente sus padres y no los chicos de Rockstar Vancouver.